Hay muchas formas de viajar, y quien quiera convertirse en un viajero consumado debe tenerlas en cuenta todas, porque de todas se puede disfrutar, lo mismo que aprender. A efectos de este texto, me importan solo dos posibilidades: viajar después de haber hecho un completo estudio del lugar o bien hacerlo totalmente a la aventura, sin investigación previa.
Esta vez, el crucero en que iba a viajar haría varias escalas, dos de ellas en ciudades que conozco relativamente bien, como son Vigo (España) y la capital portuguesa: Lisboa. Las otras dos eran Le Havre, en Francia, y Ponta Delgada, en las islas Azores (Portugal). De estas islas no sabía casi nada, únicamente había escuchado que eran un paraíso en medio del Atlántico. Con Le Havre era incluso peor, porque no sabía nada de nada. En mi cabeza no existía nada parecido a eso que los expertos llaman la imagen orgánica de un lugar. Llegaba a este puerto normando con la mente prácticamente vacía, una tabula rasa sin ideas previas ni expectativas.
Así bajé del barco, hacia una niebla tremendamente tupida que apenas dejaba ver unos metros por delante. Y con un frío mortal. He estado en sitios más fríos, pero iba mejor abrigado –o era más joven, quién sabe, probablemente ambas cosas. El caso es que pocas veces en mi vida he sentido tanto frío. El sol se veía muy difuminado a través de la espesa niebla. Esto, además de que unas obras justo al lado del crucero habían dejado varias pilas de escombros, me dio la impresión de que caminaba por la superficie de otro planeta.
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Una gruesa capa de hielo cubría todos los carros estacionados por la zona entre el muelle de cruceros y el centro de la ciudad. El pasto también estaba helado. Para entrar en calor, me puse a dar zancadas a buen ritmo. Ese día hice bastantes más de los diez mil pasos que se recomiendan. En los primeros momentos de mi caminata, por los diques o en los alrededores del centro cultural diseñado por Oscar Niemeyer, la ciudad se sentía vacía. Era muy temprano, y los únicos seres vivos que andábamos por allí éramos los cruceristas. Los locales, de manera inteligente, esperaron a que se abriera un poco el día para salir.
Sin ninguna duda, lo que más me impactó de todo este paseo fue la sobrecogedora iglesia de Saint Joseph. De lejos, me pareció que este edificio tenía un aire de familia con la coruñesa Torre de Hércules, como si fuera una prima lejana; eso fue lo que me dirigió hacia allí. En esos momentos, el sol comenzaba a abrirse paso lentamente a través de la niebla, mejorando un poco la sensación térmica, lo cual era de agradecer: podía pensar menos en el frío y más en la ciudad.
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Saint Joseph es la última obra del famoso Auguste Perret, uno de los primeros arquitectos que comenzaron a usar el hormigón armado en sus obras. Se terminó de construir en 1957, después de su muerte, con la asistencia de Raymond Audigier. La iglesia, según leí en un cartel a la entrada, conmemora a las víctimas de los bombardeos británicos que destruyeron la ciudad, entonces en manos de Alemania, en septiembre de 1944. En un día de ciencia ficción como el que yo tenía, este símbolo del renacimiento de la ciudad se veía prácticamente como un cohete que salía, echando llamas, disparado hacia el espacio.
El interior de la iglesia merece una mención especial, en particular por los impresionantes vitrales de Marguerite Huré. A mi juicio (por supuesto, de lego en la materia), constituyen una actualización de esas tradicionales vidrieras policromadas que pueden verse en templos como la catedral de Chartres o la Sainte Chapelle. Metido ya plenamente en la lógica de las películas fantásticas, me imaginé que allí, bajo aquellos vitrales, podría celebrarse algún consejo galáctico o abrirse un portal interdimensional.
Los edificios del centro, muy ordenados y racionales, eran macizas moles de cemento, con amplias ventanas de cristal. El cartel leído en Saint Joseph me había dado una idea de la situación, algo muy triste pero muy típico de la Segunda Guerra Mundial, con todos sus bombardeos de ciudades llenas de civiles. Luego supe que el centro de Le Havre, reconstruido tras la guerra por el ya mencionado Auguste Perret, es uno de los poquísimos espacios urbanos de la época contemporánea en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
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La plaza del ayuntamiento es muy fotogénica, aunque lo que realmente llamó mi atención no fue la belleza del propio Hôtel de ville, ni de los jardines, ni siquiera el tranvía que lleva a la famosa Porte Océane, sino ver el agua de los estanques completamente congelada. Para un habitante del trópico, estas cosas siempre resultan destacables…
Le Havre, según me enteré después, es el mayor puerto de contenedores de toda Francia. Un monumento hecho de contenedores (la Catène de containers) recuerda este hecho con alegría y colores vivos, los cuales pude apreciar en todo su esplendor, pues por entonces la niebla extraterrestre ya se había disipado.
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Muy cerca de allí está la catedral de Notre-Dame-de-Grace, un templo del siglo XVI que también fue destruido en la Segunda Guerra Mundial y tuvo que reconstruirse. Lo que más me gustó de esta catedral es la escultura de la Virgen María que hay en el pórtico de entrada. Los alrededores de la iglesia también tenían aspecto de haber sido reconstruidos; son barrios de edificios cuadrados y calles rectas.
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Quienes me conocen, saben que soy de esas personas que siempre anda echándose bloqueador y escapando del sol. En un sitio tan caluroso como Huatulco, mi lugar de residencia, avanzo siempre de sombra en sombra, apurando el paso en los sitios soleados. A esa gente le habría hecho mucha gracia verme en las calles de Le Havre, comportándome justo al revés, buscando cualquier mínimo lugar donde diera el sol y acelerando mi paso en los sitios de sombra. Puede decirse que ese día me reconcilié con el astro rey.
Ya no llegué al museo Malraux, ni mucho menos a la playa. En lugar de ello, regresé caminando al crucero y pude contrastar cómo eran a plena luz muchos de los lugares que había fotografiado entre la niebla. Le Havre ya volvía a ser un bello puerto de Normandía y no un frío planeta en los confines de la galaxia.